divendres, de desembre 02, 2011

946 Tiburoi txikia. El pequeño tiburón. El petit tauró. The little shark.

Gabon kukuoyentes de esta emisora imaginaria.




Zorionak a todos los Javieres en este día de celebración de su santo, patrón de Navarra y día del Euskera. Por si no lo sabíais el nombre Javier viene de Etxeberri, o Casa Nueva en Euskera. Para este día especial os dejo una historia no menos especial, que me sucedió en mis viajes. Que la disfrutéis y paséis buen fin de semana. Y no os olvidéis de poner luz a vuestro alrededor, que en estos tiempos es cuando hay que agudizar el ingenio y mostrarse más humanos que nunca. Ondo segi kukureaders!



Salí descalzo de la habitación número 13 buscando aire fresco y no podía creerme la escena que estaba sucediendo frente a mí. Aquello era un mal presagio, una transgresión del equilibrio, de leyes invisibles entre hombres y animales. Brutalidad. Cerré ambos puños con fuerza, el cuello tenso. Caminé con zancadas de león ahogando una lágrima en la garganta. Allí, en el césped, David y su maza. Este inglés emigrado a Australia y recientemente iniciado en la pesca aporreaba a un pequeño tiburón pardo, un pequeño carpet shark.



Sentí pena al ver cómo aquél ignorante machacaba a aquella preciosa criatura. Eran días de tener a los tiburones en las conversaciones diarias de aquél hostal. De sentir su presencia a flor de piel cada día al entrar al agua con la tabla. De esfuerzo de concentración y control. De conexión con la mar.



No supe, por unos segundos, si arrancarle la maza y gritarle o qué hacer. No era un mal hombre, vivía una vida resignada y apacible. De un hombre que no ha encontrado su camino y posiblemente nunca lo haría. Intentaba pescar pero no ponía un pié en el agua. Siempre desde las rocas o la playa. No comprendía. No comprendía nada.



Me acerqué rápido. El jóven escualo no tendría más de un metro de largo. Era ancho y con una perfecta e hidrodinámica piel marrón. Ya estaba inmóvil. Intenté educar. Mostré mi desaprobación. Y le hice ver que aquello no estaba bien. Me dijo que acababa de matarlo porque se resistía desde la playa. Le hice ver que estaban protegidos, de la importancia de los tiburones en el agua, de cómo mantienen las poblaciones de peces sanas y limpian los océanos. Se sintió mal. Como un niño pequeño de casi cincuenta años que se ha portado mal, no sabía donde meterse..



El animal yacía sobre el césped. Su silueta seguía intacta pese a los martillazos. Músculo y fuerza pura. Más de 40 millones de años de evolución. Estaba muy triste, era una cría.



Me arrodillé junto a ella y lentamente puse mi mano sobre su cabeza. No se si fue un acto reflejo o un último aliento, pero en ese preciso momento el tiburón hizo un último movimiento; movió repentinamente la cola y alzo ligeramente la cabeza. Noté algo muy fuerte, algo invisible pero real. Me gusta imaginar que algo de ese tiburoncillo pasó a mi interior, y que aún puede deslizarse bajo el agua cada vez que me meto en ella.



No more sharks (no más tiburones)- le repetí varias veces con voz grave. Creo que a David le quedó claro.

4 comentaris:

Miguel B. ha dit...

Gracias por la historia...

saltdrop ha dit...

En esta mañana de domingo, me has hecho llorar... y tu viaje nos ha hecho volar. Eskerrik asko. Muxu haudi bat

Anònim ha dit...

You are now the real shark-man!!! egurrrrrreeeee!!!
PD: lerro politak benetan...

kukurusta ha dit...

Eskerrik asko. Grácias a los tres por leer.

Kuku.