dijous, de juliol 17, 2014

1.276 La leyenda del pueblo tiburón.


Egun on kukuoyentes de esta emisora imaginaria. 

Hoy os dejo aquí un cuento; para niños, pero ¿porqué no? para adultos que no han olvidado imaginar ni han descartado su creatividad. 

Espero que lo disfrutéis. Ondo ibili kukureaders!


La leyenda del pueblo tiburón
Por Jabi Iraizoz

Hace muchos, muchos años existió una aldea que hacía su vida felizmente junto a la Mar. Las redondeadas colinas verdes que subían y bajaban como gigantes caparazones de tortuga cubiertos de hierba descendían directamente hacia el agua. Entre ellas serpenteaban caminos de arena y barro seco que comunicaban nuestro pueblecito con el mundo cuando era necesario.

Desde la colina más alta, donde anidaban las águilas pescadoras se divisaban las casitas de madera y piedra. Estas pendían de los hilos de humo que salían de sus chimeneas.

Frente a ellas se levantaba la gran duna de arena que las protegía de los temporales. En sus playas había una bella rompiente de olas que venían en líneas, una tras otra. Allí jugaban los niños a surfearlas cuando habían cumplido sus deberes de la escuela y casa.

Los habitantes de este lugar vivían principalmente de la pesca. Esta era abundante y no necesitaban realizar largas campañas. Tomaban lo que necesitaban y la naturaleza era generosa con ellos.

Unax era el capitán de la reducida flota y se encargaba de organizar los equipos de pesca. Aunque algunas mujeres les acompañaban, la mayoría se encargaba de organizar y administrar los recursos del pueblo tiburón; era lo que se conoce por un matriarcado.

Así pues, todo el mundo tenía trabajo, casa y diversión. Las fiestas y bailes se celebraban junto al lugar de la hoguera en la duna, donde estaba el pinar y olía intensamente a pino incluso en el mar cuando soplaba el viento terral.           

Las asambleas eran reuniones importantes donde se tomaban decisiones relacionadas con el pueblo. Estas asambleas se celebraban en una lengua de arena en la playa, junto a una antigua roca tótem con forma de escualo.

Pero, os preguntaréis ¿porqué este pueblo se llamaba el Pueblo Tiburón? Cuentan los ancianos en las noches de hoguera que los hombres y mujeres antiguos de esta aldea habían llegado a un acuerdo con los tiburones de los océanos. Los habitantes nunca los matarían y los tiburones nunca atacarían a los habitantes para que pudieran bañarse en la bellísima playa de aguas templadas y cristalinas y surfear su perfecta rompiente turquesa y esmeralda de forma tubular.

Y así transcurrieron muchos años.

Un buen día de trabajo, temprano por la mañana, la madre de Eneko fue a hablar con Unax el capitán. No sabía que hacer con él ya que no hacía más que dormir, no estudiaba y tampoco quería trabajar. Pedía caprichos y comida pero no ayudaba nada en casa. Su madre le dijo a Unax que pensaba que le vendría bien ver de primera mano cómo trabajaban otros hombres y lo que se esperaba de él.

Unax aceptó riéndose, prometiendo ayudar en lo que estuviera en su mano.

Al día siguiente de madrugada, antes del amanecer, Eneko dormía de pié en el puerto. Unax lo recibió, le presentó a la tripulación y con voz firme la mandó a la proa a observar si veía bancos de peces.

Los hombres remaron unos metros hasta que se hinchó la bonita vela mayor decorada con motivos locales de flores y peces. La mediana embarcación era pura artesanía; navegaba dulcemente con el cálido viento terral mientras amanecía. El diseño de sus velas le permitía navegar con todo tipo de viento de forma estable y veloz. En su pequeño mascarón de proa iba tallado un bonito tiburón blanco con la boca cerrada y los detalles decoraban puntos concretos de la nave, como el timón o la botavara tallados con formas de espirales inspiradas en los helechos y las olas.

La mar era una balsa de aceite. Los peces comenzaron a saltar alterados batiendo las aguas superficiales. Eneko se despertó con una ligera colleja del pescador que iba junto a él. Era el momento de echar las redes. Posiblemente había un depredador en el fondo empujando las presas hacia arriba. Esto ayudó a los pescadores a sacar su primera red repleta de hermosas piezas.

Solo cogían lo que necesitaban, dándoles las gracias a las propias capturas porque ellas morían para darle vida a todo el pueblo. Se les daba una muerte rápida evitando un sufrimiento innecesario.

Mientras tanto Eneko estorbaba más que otra cosa y no ayudaba; jugaba con el pescado y se burlaba de él.

De pronto de un gran salto apareció un vigoroso escualo azul con un pescado en su boca. Era Mako, un viejo conocido. Les ayudaba con la pesca. ¡Le saludaron con energía! Mako se acercó a la embarcación moviendo suavemente su aleta caudal.

Todos lo admiraban excepto Eneko, que a escondidas y sin previo aviso hizo algo terrible. Cogió un machete y le cortó una aleta a su paso, una práctica prohibida en el Pueblo Tiburón; algo absurdo y cruel que hacían muchos otros hombres en otros lugares tan solo para hacer sopas y supuestos medicamentos inservibles, desequilibrando así los océanos.

Unax y el resto no podían creer lo que había sucedido y amonestaron severamente a Eneko mientras a este se le congelaba la sonrisa entre burla y culpa.

Mako dejó una nube de sangre mientras se revolvía hacia el fondo.

El viento cambió; soplaba furioso y el día se tornó oscuro. El pacto con los tiburones se había roto. La mar se agitó y los hombres volvieron a duras penas a puerto.

En los días siguientes no salió el sol.

Una mañana, un grupo de niños salieron a la rompiente a surfear. Se divertían como siempre, ajenos a los serios problemas que acechaban al pueblo. Lucía había cogido muchas olas aquél día y descansaba antes de que llegara una nueva serie. Sus amigos habían cogido una derecha y una izquierda y venían remontando felices desde la orilla, a unos doscientos metros de ella.

De pronto, Gran Blanco se acerco despacio pero directo hacia ella y se la llevó entre sus dientes dejando su tabla flotando en la superficie. Los demás niños, tras bucear varias veces buscándola, volvieron a tierra asustados con la tabla de Lucía.

Entre las aguas se asomaron cientos de aletas que patrullaban noche y día y se hizo imposible para los habitantes de Pueblo Tiburón asomarse al agua. Los tiburones destrozaron sus redes y ya no podían pescar. La imagen era terrorífica.

Eneko no podía ni salir de casa frente a las críticas de sus vecinos. Lucía no aparecía y todo el pueblo le culpaba de sus desgracias. Venían días oscuros para los hombres.

Gran Blanco había cogido a Lucía con delicadeza, sumergiéndola rápidamente hasta la profunda Catedral submarina, donde había una gran cámara de aire donde ella podía respirar. Una especie de salón secreto de piedra y coral donde la temperatura era cálida y agradable. La luz entraba desde la superficie creando mágicos reflejos azules amarillos y verdes en las paredes y la cúpula. Lucía conocía a Gran Blanco y sabía que no le haría daño pero no entendía que estaba pasando. La dejaron con un grupo de pintarrojas de su edad para que jugara.

Pasaron varios días. Lucía lo pasaba muy bien con los diferentes tiburoncitos que conoció en aquél mágico lugar submarino. La llevaban a explorar mundos desconocidos, comía magníficamente bien y dormía abrigada con una manta hecha de bellas algas que era suave y sorprendentemente muy calentita junto a una almohada de esponja. Gran Blanco le explicó que solo estaría allí unos días y después la devolverían a casa, querían darle una lección a los habitantes de su pueblo y transmitirle a ella la educación y la sabiduría del equilibrio del Mar.

Lucía estaba encantada. Era una gran buceadora y disfrutaba  allí abajo, en el fondo de la Mar. Mientras pasaban los días le ayudaba a Mako a curar la herida de su aleta cortada. ¡Las pequeñas manos humanas eran realmente útiles!

Mientras tanto, en el pueblo, Eneko se tuvo que esconder y a punto estuvo de marcharse del pueblo. Estaba muy arrepentido pero la desaparición de Lucía, la falta de pesca y su actitud cruel y vaga habían sido asuntos muy serios. Él sabía que en realidad no era así, pero no sabía cómo salir de aquél pozo en el que se veía metido. Estaba desesperado y tendría que trabajar mucho para recuperar la confianza de los suyos. ¡Quizás nunca lo conseguiría!

Unax, como capitán que era, se sentía responsable y estaba desesperado. Paseando por la playa, intentando calmar su mente, observaba las incontables aletas nadando en paralelo a la playa. Varios hombres y mujeres sabios del pueblo le observaban desde la duna, con el rostro preocupado.

El viento soplaba fuerte y algunos rayos de sol se colaban entre las nubes. Unax grito dirigiéndose al Mar:

-¡¡¡Parlamentia!!!

Y en aquél preciso momento todas las aletas se giraron hacia él, quedándose estáticas para desaparecer súbitamente.

Al día siguiente al amanecer, Gran Blanco devolvió a Lucía a la orilla en perfecto estado, agarrándose a su aleta dorsal y muy contenta por las maravillosas aventuras que había vivido. Lucía llevaba el mensaje de asamblea de los tiburones; un collar con una caracola que debía entregar a Unax.

Y así lo hizo. Este fue a buscar a un atemorizado Eneko y a los hombres y mujeres sabios del pueblo. Se dirigieron a la roca tótem y Unax hizo sonar tres veces la caracola del collar. Tras unos momentos de espera y en silencio fueron apareciendo uno a uno los representantes de todos los tiburones de La Mar: Tigre, Martillo, Toro, Tintorera, Ballena, Pintarroja, Peregrino, Mako, Gran Blanco y Cañabota, representante de los tiburones de las profundidades. Según llegaban fueron embarrancando en la orilla.

Habló Gran Blanco y expuso la grave ofensa de los hombres. Eneko surgió del grupo y se arrodilló ante la cabeza de Mako con lágrimas en los ojos. Pudo ver la herida ya curada en el lugar donde le faltaba el trozo de aleta que le había cortado. Vio sus negros ojos, sus afilados dientes y sus branquias y se le heló el corazón.

La atmósfera estaba espesa y alterada y la vida de Eneko dependía de los tiburones. Su futuro era totalmente incierto. Los músculos de Mako estaban tensos. Eneko estaba blanco y sus manos temblaban con movimientos involuntarios.  

Cuando pensaba que moriría entre sus poderosas mandíbulas, Mako le perdonó. Eneko acarició tímidamente la áspera y fortísima piel de Mako dándole las gracias entre sollozos. Los tiburones no prometieron que las cosas volvieran a ser como antes inmediatamente pero se comprometieron a dejarles pescar y surfear.

Los hombres se comprometieron a transmitir de generación en generación toda la sabiduría que la pequeña Lucía había aprendido sobre el equilibrio y la belleza de los Océanos y sus habitantes. Y así, los tiburones honraron a la pequeña con el collar de perlas negras, orejas de mar y la caracola que le permitiría llamar a los tiburones cuando fuera necesario. Un collar que llevaría hasta que fuera muy anciana.

Uno a uno, los representantes de los escualos volvieron a La Mar. Todo el pueblo, incluido Eneko salió a surfear unas magníficas olas y a pescar. Por la noche, frente a un buen fuego, como nosotros ahora, celebraron su buena fortuna y nuevo pacto con los tiburones.

Y esta es la leyenda del Pueblo Tiburón.